Historia de una odisea y sus héroes
He necesitado tres días, pero finalmente me decido a contar lo sucedido durante el viaje de vuelta desde Weymouth y, sobre todo, a poner algunas imágenes de lo acontecido en aquellas horas.
El viernes por la mañana todos los alumnos y un servidor estábamos en el colegio a las 11 de la mañana dispuestos a emprender el viaje de vuelta, que nos debía dejar en Zaragoza a eso de las 10 de la noche. La cosa ya empezó mal, pues el bus no aparecía y, al final, no abandonamos Weymouth hasta las 11.50. Como todos los años, yo decidí salir de Weymouth 2 horas antes de lo que recomendaba la compañía de autobuses. De hecho, el día anterior, algunas alumnas se me quejaban de que tendríamos que pasar mucho tiempo en el aeropuerto, alo cual yo les contestaba que prefería esperar 4 horas en el aeropuerto que sufrir por perder el avión…
Mucho agua por la carretera y, al llegar a la m-25 (radial de Londres), lo que yo siempre temo: monumental atasco. Llamamos al aeropuerto y nos dicen que nos dan como hora límite para facturar las 18.15. Sobre las 16.15 la carretera se despeja y yo comienzo a respirar. Faltan apenas 40 millas y casi 2 horas de tiempo. Entonces, el chófer me dice que como consecuencia del atasco ha superado las horas permitidas de conducción y debe parar 45 minutos. Lo primero que pienso es que no puede ser cierto, no he podido entender bien. Reprimo mis instintos básicos, pues un conductor estrangulado nos servía de poco y aprovecho el tiempo de la parada para repartir los pasaportes y establecer una táctica de cara a la llegada al aeropuerto. A las 17.16 nos ponemos en marcha. Queda una hora para recorrer unas 40 millas, el chófer me dice que no me preocupe, que no habrá problema. La carretera está despejada y avanzamos sin problemas pero como lo que mal empieza puede acabar peor, a 2 millas del aeropuerto se produce un accidente de dos furgonetas delante nuestro y… se acabó. Es difícil describir lo que pensaba en esos momentos así que prosigo.
Llegamos al aeropuerto a las 18.30. Yo me dirijo a la carrera hacia los mostradores de facturación y, obviamente, los encuentro cerrados. Me remiten al mostrador de la compañía, donde sin poner demasiada cara de pena me explican que no hay nada que hacer y que encontrar 34 billetes para un avión a España en verano es totalmente imposible. Pruebo en otras compañías y todas me dicen lo mismo. Venga, Nacho, piensa… Me acordaba de las veces que, a nivel familiar, comentaba: ¿te imaginas lo que sería perder un vuelo con todos los alumnos? Nunca más tendré la necesidad de preguntármelo.
Mi primera idea fue conseguir un bus que nos llevase de Londres a Zaragoza. Totalmente imposible. Los dos momentos más difíciles fueron sin niguna duda cuando te das cuenta de que has perdido el vuelo y conseguir un autobús que nos sacase de Londres. Sobre las 10.30-11.00 consigo un autobús que nos vendrá a buscar desde Ramsgate, cerca de donde se encuentra el otro grupo del colegio. A partir de aquí: 2.00-4.00 viaje de Londres a Dover, 8.45-10.00 (hora ya española) viaje a Boulonge en Ferry, 17.30-2.30 (del domingo) viaje en bus de Boulonge a Poitiers y, finalmente, 2.30-13.30 de Poitiers a Zaragoza.
Al final, y pese a todo, creo que todo ha quedado como una aventura con final feliz. Pero para que esta aventura haya tenido un final feliz hay algunas personas que han colaborado de forma muy especial: Hanna (una trabajadora de la estación de autobuses de Stansted, que se desvivió por ayudarme durante las horas en que no encontrábamos autobús para desplazarnos a Dover), Kate (dueña de la organización de estudios con la que hemos viajado y que finalmente consiguió el autobús en Ramsgate), Mike (trabajador de la compañía LD lines, un monstruo que no paró de ayudarme en el puerto de Dover. Y eso que el primer contacto fue tenso, pues cuando le dije que habíamos perdido el avión, me contestó que eso era muy difícil porque son muy grandes…) Al padre Michel, al que tuve que despertar varias veces a horas intempestivas en Perú, para que coordinase las acciones desde Zaragoza. A Tomás Murillo, dueño de la compañía de autobuses de Zaragoza, que estuvo en todo momento a mi disposición. A los padres, que en todo momento me mostraron su apoyo. Pero, sobre todo, hay que destacar a 33 héroes que me recordaron por qué, a veces, es tan grande ser profesor. Es imposible perdirles más: no se quejaron, no molestaron, estuvieron siempre a mi disposición. A ellos fundamentalmente se debe el éxito final de esta aventura.
Por eso: BEATRIZ, ISABEL, CRISTINA, ELENA O, MARÍA A, MARINA, ANDREA, MARÍA C, INÉS R, INÉS V, CECILIA, SARA, ELENA F, MARTA, CÉSAR M, NICO, JORGE V, DIEGO, CÉSAR Mnez, JAVIER, ALBERTO, JORGE U, ENRIQUE, MIGUEL, ALFONSO, VICENTE, JORGE F, GUILLERMO, ALEJANDRO, PABLO, DANIEL, JORGE Y NACHO…
GRACIAS, GRACIAS Y GRACIAS!!!
Y ahora, algunas imágenes de la aventura. De las primeras horas no hay imágenes, pues va a ser que el cuerpo no estaba para ello…
En el puerto de Dover. La aventura ya había comenzado hacía más de 16 horas…
Creo que aquí debajo estaba Miguel.
Tiempo para las cartas sí que hubo.
Este bus, conducido por mi amigo Mike, nos llevó al interior del Ferry.
Los famosos White Cliffs de Dover desde el ferry.
“Vamos para atrás, chicos, que esto es la primera clase.”
En este pedazo de “bicho” fuimos.
24 horas después de haber dejado Weymouth, montamos el campamento en un parque de Boulonge y lo primero que hicieron fue ponerse a jugar a fútbol!!! ¡Lo que es ser joven!
Para comer: hamburguesa y agua para todos. Costó lo de negociar un precio con la del puesto… Lo del francés, de momento, no lo llevo muy bien.
Pero las horas iban pesando…
Con las decenas de veces que he contado 33 en estas tres semanas, mi mayor preocupación fue una vez durante el campamento en el parque de Boulonge que me salían todo el rato 32. El que faltaba era Miguel, pero no estba muy lejos como se puede ver.
Un autobús portugués nos recoge para llevarnos a Poitiers y darnos “una vuelta turística por el centro de París” (se perdió).
Para cenar, sandwich a elegir y agua.
Para desayunar, ya en territorio hispano, me empeñé en que comiésemos bocata de tortilla de patatas. Tanto es así, que primero paramos en Irún y como no tenían para todos, nos marchamos. Por fin, los encontramos en Navarra.
ÚLTIMA PARADA!!!!!!!!!!!!!!
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